Bajo la influencia de Pohlhammer / El Mercurio

Por Cristián Wanrken 1/03/2020


Mucha de la poesía que se escribe y publica y difunde hoy tiene que ver más con la rabia, el dolor, el sinsentido, o la ironía y la sospecha que con la plenitud. «Escribimos poesía porque no somos felices», dijo una vez Zurita. Pero, además, la poesía contemporánea debe levantar la voz entre los fragmentos y ruinas de una tierra baldía de sentido.

Es raro encontrar un poeta que celebre, que alabe, que exprese gratitud y confianza con el curso de la vida, que le cante -como

Vinicius de Moraes lo hizo- a la felicidad. Tal vez él pudo hacerlo porque era brasileño… Borges decía que gran parte de la buena literatura se hace con la infelicidad, porque la felicidad es muy escasa. Y normalmente la poesía que tiene como material la felicidad es edulcorada o poco convincente. Borges señalaba algunas excepciones: Jorge Guillén y Walt Whitman.

Por eso es tan sorprendente encontrarse con la poesía de Erick Pohlhammer, poesía jubilosa, danzante, poesía de gratitud con el universo. Ni una gota de rabia, resentimiento, sospecha. Pohlhammer es sospechosamente jubiloso y al cerrar su último libro «Bajo la influencia de la poesía», uno se pregunta si tanta maravilla será cierta, y si no habrá un juego irónico, una parodia, si no será una tomadura de pelo tanta alegría y éxtasis. A eso nos había acostumbrado Parra: los hablantes de sus antipoemas no son él que habla, sino otros de los que él se está riendo, como un ventrílocuo escéptico detrás de la cortina. No hace ese juego Pohlhammer. En la misma cancha de la antipoesía donde juega, le hace una finta al nihilismo (como buen jugador de fútbol que es), para salir bailando al centro de la cancha como un derviche danzante, como un Zorba chilensis.

La poesía de Pohlhammer debe ser recitada bailando. Porque aquí la alegría o derechamente la felicidad de existir no es cantada con gravedad ni solemnidad, sino con levedad y humor. La poesía de Pohlhammer tiene el sabor y la tonalidad anímica de una cierta sencillez chilena ñuñoína, de amigos compartiendo una «chela» en Las Lanzas, hablando de fútbol, amores, cantando viejas canciones de los 80. Hay algo retro en eso, algo deliciosamente retro, cuando todos éramos más pobres y menos engreídos y «millennials» y disfrutábamos con poco.

Pohlhammer camina por los antiguos barrios como si todavía no hubiesen sido demolidos, salta los muros y los cercos, con la levedad que Italo Calvino veía en el poeta del dolce stil novo Guido Cavalcanti: «bajo la influencia de la poesía, por avenida Macul/cool/saliendo de un salón de pool/ebrio/no de alcohol sino de poesía (…)». Pohlhammer salta de lo nimio o lo trivial a lo trascendente sin problemas, él es el poeta de lo «trivialtrascendente» (¿quién osó separar ambos términos?). Hace bien leer su poesía.

Me perdonarán los académicos y teóricos de la literatura, pero hay poesía que puede hacer bien al alma (y al cuerpo) y otra que hace mal. Y cuando las alternativas hoy son o un cinismo «cool» y resentido o un trascendentalismo altisonante y moralista, Pohlhammer abre una puerta para escaparse de esa antinomia fatal y seguir silbando por las calles a pesar de todo. Sus poemas le hacen un cariño a lo cotidiano y un masaje al lector de hoy, estresado, bombardeado de información o alarmante o estúpida.

El poeta puede escribir una oda al futbolista Jean Beausejour y acto seguido pedir un aplauso cerrado al Señor del universo: «Pido un aplauso consciente/por el inventor de las manos/que nos permiten aplaudir/Con demasiada frecuencia/nos aplaudimos a nosotros mismos/y no a aquel que nos creó».

Yo pido un aplauso cerrado por un poeta como este, poeta de la juglaría y la clerecía al mismo tiempo. Su poesía -si es bien difundida- puede hacer cambiar el estado de ánimo nacional, para darnos cuenta de que no estamos ni tan bien ni tan mal, sino que simplemente estamos, y eso basta: «Estar/ya es harta cosa/Estés donde estés/aprecia el obsequio del eterno ahora dorado».


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